La importancia de estudiar oratoria

La importancia de estudiar oratoria

Hablar en público es una habilidad que deberías considerar aprender para generar vínculos profesionales positivos y mejores negocios. 



La oratoria es el arte de hablar en público. Una tarea cotidiana que, sin embargo, pocos realizan con éxito. Por eso, hacer un curso para pulir dificultades y entrenar esta habilidad tiene muchos beneficios. Es que se trata de una herramienta fundamental para lograr diversos objetivos. Y tiene múltiples aplicaciones. 

De hecho, Manuel Libenson, doctor en Lingüística y responsable de cursos de Oratoria en la Universidad de San Andrés, imparte talleres extracurriculares para preparar a los estudiantes en, por ejemplo, elevator pitch: una estrategia en boga a nivel internacional, a través de la cual se busca atraer la atención de un influenciador, en sólo tres minutos (lo que dura un encuentro en un ascensor; de ahí su nombre en inglés), para lograr financiación comercial para un proyecto. 

Más allá de usos específicos, la oratoria es útil para mejorar el desempeño profesional: desde una abogada que quiere perfeccionar sus alegatos, pasando por personalidades de la política que desean brindar un discurso efectivo, hasta gerentes impositivos que precisan que sus interlocutores no se distraigan cuando deben explicarles asuntos complejos.

La clave es que cada expositor entienda que, si bien hay una cuestión actoral y de puesta en escena, quien habla no es un personaje, sino uno mismo. 

El poder de la palabra



A la hora de exponer en público no es recomendable improvisar. Hay que tener en cuenta a los interlocutores y al género. No es lo mismo dar un discurso político que una ponencia a un grupo de inversionistas para que se sumen a una propuesta; tampoco desenvolverse en una entrevista de trabajo, hacer una presentación oral en la facultad, o exhibir resultados en una reunión de directorio.

Así, es necesario prepararse para ser un buen orador porque expresarse con claridad es un trabajo difícil que implica conocer las formas más estables del discurso. Es decir, “reglas y estructuras ligadas a la composición. Es un camino siempre exploratorio. Uno puede ser muy bueno para dar una conferencia de prensa, pero no para contar un cuento”, señala Libenson.

También es fundamental indagar en cuestiones de estilo, porque hay oradores que son muy monótonos, otros que dicen muchas frases pero poco contenido; están los que se pierden, los que tienen miedo a hablar en público, los aburridos o quienes disocian el uso del cuerpo con la palabra. 

Un error común es ser “acelerado y no dar lugar a la pregunta ni a la reflexión.
Esto es porque no se sabe aplicar estrategias para que el que escuche se sienta integrado”, advierte el experto. Porque, en definitiva, “el buen orador no está pensando en decir bien el discurso, sino en el vínculo que puede generar a través de él”.

Por eso, la enseñanza de la oratoria no tiene tanto que ver con la búsqueda del convencimiento, sino con técnicas para “desarrollar la capacidad de producir respuestas”. 

Por ejemplo, si se da un discurso para inversores, el premio es “generar interés en ellos y que actúen en consecuencia”. Se trata, también de “sembrar ideas”, apunta el especialista. 

Para lograrlo, hay que aprender a organizar el contenido que se va a exponer y aportarle un diferencial. Pero no hay que confundir, “no existe eso de los 10 pasos para ser un buen orador. Ni todos deben ser histriónicos. Se trata de buscar un estilo personal y hacer gimnasia discursiva. Hay quienes pueden ser más técnicos o más parsimoniosos. Es una falsa creencia eso de que es posible hablar espontáneamente bien en toda situación”, concluye.



Todo indica, entonces, que aprender oratoria es una oportunidad que no deberías dejar pasar si querés ser más efectivo a la hora de lograr tus objetivos.

 

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