El largo camino hacia la verdadera belleza

El largo camino hacia la verdadera belleza

Por Mariana Arias

El largo camino hacia la verdadera belleza
Tenía 46 años cuando me recibí de Licenciada en Comunicación. Y por primera vez en mi vida, definitivamente alejada del glamour de una pasarela, sin maquillaje ni vestidos de alta costura, me sentí bella. Esta es mi historia.


Había soñado con estudiar psicología, pero no lo hice. En cambio, empecé a trabajar como modelo. Fue en 1983, con la democracia recién recuperada. Mis padres me alentaron a iniciarme en un ámbito que sabe cómo hechizarte. Empecé a desfilar desde el comienzo para las mejores marcas y diseñadores: La Clochard, Graciela Vaccari, Gino Bogani, Manuel Lamarca, Menage a Trois, Dior, Nina Ricci. Me subía a los tacos, me envolvía en vestidos soñados y caminaba por la pasarela como si siempre lo hubiera hecho. Salía naturalmente, aunque me lo tomé en serio. Me convertí en una profesional de la moda. 

Viajé a los lugares más lejanos. Mi primera excursión laboral fue a Senegal, a la isla Gorée (la isla de los Esclavos), el lugar desde donde salían, como último punto, para venir a América y ser vendidos. Recuerdo que mi padre (artista) pintó varios cuadros que aún conservo con los paisajes de Dákar. Éramos una delegación de 45 personas (entre modelos y periodistas) que íbamos a presentar una campaña de Ellesse. Estaba en África, no lo podía creer, era un sueño. Después viajamos a Rusia y a la India. Todo se iba dando sin trabas. Viví experiencias enriquecedoras, inolvidables. Milán y París, la Feria de Milano y el Louvre fueron los destinos para probarme como mannequin en Europa. Más tarde, Oscar De La Renta me llevó a New York y a París a presentar sus colecciones. Fueron experiencias que me hicieron madurar, crecer. Pero yo no era feliz. No era insatisfacción femenina, si es que queremos pensar de manera prejuiciosa. Creo que, en aquel momento, lo que me daba infelicidad era que no lo había elegido realmente, la profesión me había elegido a mí, y me dejé llevar. No voy a decir que no la disfruté, lo hice, pasé momentos únicos. Pero algo me faltaba.

El largo camino hacia la verdadera belleza
A medida que el tiempo iba transcurriendo, cuando pude tomar conciencia de lo vivido, valoré la importancia que habían tenido en mí los 20 años que trabajé en la moda, un ámbito que me abrió las puertas más amplias para insertarme en el mundo. Me permitió conocer gente capaz, creativa. Todos y cada uno de ellos fueron haciendo que me formara como persona. Me acerqué al arte, porque la moda es un arte. En verdad, cualquier cosa que uno decida hacer, si lo hace con dedicación y pasión, puede transformarse en arte.

A los 30 tuve una crisis muy fuerte, quise dejar la moda, había sido mamá de Paloma, pensaba que quería transmitirle a mi hija algo más profundo, que necesitaba formarme para ser una mamá más completa, que quería más herramientas para educarla. Empecé a estudiar teatro con buenos maestros; lo hice durante 7 años. Julio Chávez, al que más quise, me enseñó que el arte necesita trabajo y esfuerzo y que el talento casi no existe, que se construye con disciplina e investigación. 

Trabajé en teatro; hice una película como protagonista de la mano de Eliseo Subiela, No te mueras sin decirme adónde vas, una experiencia insuperable, y también fui actriz en televisión, en la novela Muñeca Brava. Seguía intentando encontrar mi lugar, sentirme satisfecha conmigo, hacer lo que tenía que ver con mi naturaleza, con mi ser.  No lo había encontrado en la moda. Me di cuenta de que tampoco estaba en la actuación. 

Pasaron los años y apareció una nueva oportunidad: conducir un programa de TV (Poderes Terrenales). Comencé a entrevistar a especialistas en terapias alternativas. Fue el punto de partida para conocer una nueva profesión que me traería hasta acá. A los 40 años me inscribí en la UCA y terminé una carrera de grado seis años más tarde. Cuando salí de la sede de la universidad, en 2012, con el título de licenciada bajo el brazo, me sentí plena por primera vez en mi trayectoria profesional. Descubrí esa otra forma belleza, la que tiene que ver con el conocimiento y el aprendizaje. 

El largo camino hacia la verdadera belleza
Salir del centro de la escena me dio aire para ser yo misma. Recibirme me dio seguridad, completé aquella asignatura pendiente, encontré ese engranaje que me faltaba y que, con tropiezos, siempre había buscado en las distintas profesiones que ejercí. Hoy elijo cada cosa que hago según mis valores. El periodismo me permite estar en contacto con el otro, inspirarme en historias que se pueden contar. Entrevistar, escuchar al otro, escribir, son acciones que me completan como persona. La belleza exterior, que era el valor de mi juventud, se integró al contenido que fui incorporando a cada paso, sin miedo a volver a empezar, saliendo siempre de mi zona de confort. 
Con aquella base aprendida en el campo del trabajo y la formación académica, la perseverancia de seguir insistiendo, el hecho de no escuchar los comentarios que siempre me ponían en el mismo lugar de “la modelo”, pude, en 2016, ingresar a trabajar como periodista en uno de los diarios más importantes del país. Hoy tengo la certeza de que no estaba equivocada, de que después de este camino andado, pude llegar a mi verdadero ser. Las piezas encajan. la belleza, creo, viene cuando nos acercamos más a lo que somos realmente, a nuestra esencia, cuando cumplimos nuestros sueños. La belleza se ve cuando hay trabajo interno, cuando nos equilibramos, viene de adentro hacia fuera. 

El hecho de ir acercándome a los 50 me puso ante una nueva crisis y escribí Una Mujer en la mitad de la vida, un libro de conversaciones entre mujeres, una puesta en común de nuestras vivencias en una etapa de la vida en la cual podemos volver a empezar si realmente lo queremos, si lo deseamos. ¿Hacia dónde vamos las mujeres? ¿Qué sentimos después de tanto andar? Las crisis pueden convertirse en una oportunidad para reflexionar, para mejorar la calidad de vida, nos pueden ayudar a darle valor a lo que tenemos y no vemos. 

El largo camino hacia la verdadera belleza
La belleza aparente y la belleza del alma conviven, ambas se proyectan en el espejo y nos pueden devolver admiración, reconocimiento, identidad, estilo. O rechazo, desamparo, decadencia. Depende de nosotras mismas, que somos quienes nos inventamos. De eso se trata. De mirarnos, escucharnos y completarnos. Sin estar pendientes de la mirada del otro, sino de la propia. Para que el espejo nos devuelva lo que somos, sin artilugios. 

Pero nunca se llega definitivamente. Aprendí que intentar conocerse a una misma y buscar la plenitud forma parte de un camino sin final, un sendero que a veces puede ser espinoso y cambiante, pero que hay que saber transitar. No es solamente dejarse llevar, sino forjar el propio camino. Y avanzar. Sin detenerse. ¿Hacia dónde? Hacia nosotras mismas.